David Torres

Su voz, sus palabras, no solo eran fonéticamente admirables, sino moralmente convincentes, llenas de espiritualidad aun en medio de un ambiente tan tóxico como es el mundo político que le tocó enfrentar. Elijah Cummings, quien murió a los 68 años de edad el jueves, deja con su partida un vacío moral, tanto en el Congreso como en la sociedad, que será difícil de llenar, en especial en este momento tan oscuro, tan antiinmigrante, tan lleno de odio promovido desde el más alto nivel del poder en Estados Unidos.

Si había alguien en este preciso momento de la historia de este país que enarbolara los valores que tanto se han pregonado a lo largo del tiempo y ante el mundo entero, ese era Cummings, representante demócrata por Maryland, quien no dudó ni un segundo en detectar y condenar el comportamiento amoral del actual presidente desde el principio.

Advirtió, como líder del Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara de Representantes, sobre el mal que se avecinaba en esta nación y que se iba aposentando con cada una de las decisiones o políticas públicas promovidas desde la Casa Blanca, entre ellas, sobre todo, las que han afectado severamente el legado migratorio estadounidense.

Es ya tan memorable como histórica la reprimenda moral que propinó al saliente secretario interino del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), Kevin McAleenan, en aquella audiencia de julio de este año ante el Congreso, cuando se llamó a cuentas al compungido funcionario para que explicara la política de separación de familias del gobierno actual, tan insostenible como indefendible.

Con voz firme, flamígera en el amplio sentido del término porque se trataba de condenar una práctica infrahumana contra menores de edad separados de sus padres, Cummings, hijo de agricultores, espetó al nervioso McAleenan tras preguntarle si consideraba que estaba haciendo bien su “trabajo”:

“¿Qué significa eso? ¿Qué significa cuando un niño está sentado sobre sus propias heces? Que no puede ducharse. ¡Vamos, hombre! Ninguno de nosotros tendría a nuestros hijos así. ¡Ellos son seres humanos! Nosotros somos los Estados Unidos de América. Somos el más grandioso país en el mundo. Somos los que podemos ir a cualquier parte del mundo a salvar a la gente. ¡Vamos, somos mejor que eso! Cuando nosotros estemos danzando entre los ángeles, esos niños estarán lidiando con los problemas a los que les hemos enfrentado”.

Si hay algo que enmarcar para la posteridad sobre este periodo antiinmigrante y xenófobo en Estados Unidos son esas palabras del representante Cummings, que muestran fehacientemente que sus ideas estaban del lado correcto de la historia y que ponían el dedo en la llaga de esta herida autoinfligida en un país hecho por y para los inmigrantes, pero que ahora mismo traiciona esa esencia en aras de cumplir con una agenda supremacista que ya no debería tener cabida ni aquí, ni en el resto del mundo.

Ya en una oportunidad anterior, Cummings había hecho referencia a la crueldad de la separación de familias en la frontera, en el fragor de una de las más vergonzosas muestras de rechazo al inmigrante pobre, de color y que huía de situaciones de violencia y de pobreza extrema. Dijo en febrero pasado: “Creo que esta es una verdadera emergencia nacional. Cuando nuestro propio gobierno arranca a los niños de los brazos de sus padres sin el plan de reunirlos, eso es abuso infantil patrocinado por el gobierno”.

Si el actual jefe del Poder Ejecutivo pensó que le sería relativamente sencillo convertir a Estados Unidos en una especie de “monarquía disfrazada”, utilizando a los imigrantes como “chivos expiatorios” todo el tiempo, encontró en Cummings y en su pasión democrática el contrapeso perfecto; pues el represenante no solo demostró valentía para no quedarse callado ante la ignominia que aun hoy aplasta la moral más elemental de cualquier nación, sino que defendió principios que nos atañen a todos, inmigrantes o no, y con base en los cuales se deben forjar las nuevas sociedades.

Haber llamado a Baltimore, ciudad donde nació Cummings en 1951, “un asqueroso desastre infestado de ratas”, “uno de los lugares más peligrosos del país”, donde “ningún ser humano le gustaría vivir”, desnudó, una vez más, el inocultable racismo presidencial, a sabiendas de que el 52% de la población ahí es afroamericana, según datos del Censo. Y todo porque Cummings constitucionalmente estaba al frente de las investigaciones en torno al mandatario, que volvió a reaccionar como un niño malcriado que no sabe defenderse más que con palabras hirientes y soeces.

La historia siempre tiene reservado un lugar a cada quien, según el actuar de su conciencia. El capítulo que se le dedicará a Cummings será vasto y elogioso, y en este se destacará sin lugar a dudas su defensa de los inmigrantes, de su ciudad, de sus votantes, de su país y de su Constitución. De su libertad.

De todo eso, por supuesto, quedará vetado quien, tras la desaparición de Cummings, ahora respira aliviado en la Casa Blanca. Momentáneamente.